El Ensamble Oikos se prepara para un nuevo encuentro en la Sala Lazaroff con “De la luz a la tierra”. Charlamos con ellos sobre cómo se vive la previa de este show del 20 de septiembre, la preparación de los ensayos y la forma en que logran hacer convivir mundos musicales tan diversos con tantas voces.
Se viene la fecha en la Sala Lazaroff con De la luz a la tierra. ¿Cómo vienen siendo los ensayos y qué sienten que va a tener de especial este concierto frente a otros espectáculos que hayan hecho?
Maite Rodriguez
Estamos en un momento de muchísima exigencia. Este año nos propusimos varios desafíos importantes. Por un lado, estamos desarrollando Arquitecturas Sonoras, un proyecto que propone realizar registros audiovisuales del ensamble en tres iglesias uruguayas elegidas por su valor patrimonial, estético y acústico, seguidos de conciertos junto a coros de cada localidad. Y, además, en octubre vamos a participar en el concurso Sing for Gold, en Calella (Cataluña), para luego ofrecer dos conciertos en Barcelona. Todo eso nos viene impulsando a llevar al coro a su máximo potencial. Ahora, en los ensayos, ya estamos acercándonos a esa etapa de hilar muy fino: afinar pequeños detalles, profundizar en la interpretación, en la puesta y explorar todas las posibilidades expresivas del coro.
Además, este es probablemente el repertorio más desafiante que hemos hecho hasta la fecha. Es la primera vez que reunimos en un mismo concierto obras de períodos históricos tan diferentes: desde el Renacimiento y el Romanticismo hasta música contemporánea, un spiritual, una habanera, un tango y otras músicas de raíz popular. Justamente de ahí nace el título De la luz a la tierra: un recorrido donde conviven lo sacro y lo popular, distintas maneras de entender la espiritualidad, el cuerpo y la experiencia humana a través de la voz.
El programa cruza cosas súper distintas, desde la polifonía clásica hasta ritmos nuestros como el candombe o la habanera. ¿Qué representa para ustedes y cómo trabajan armando un recorrido coral con influencias tan diversas de artistas y épocas?
Para mí hay algo muy lindo en descubrir que la música trasciende el tiempo y el lugar. Antes que nada, estas obras fueron elegidas porque nos parecen extraordinarias: porque tienen una intensidad, una belleza y una capacidad de conmover que no dependen de la época en que fueron escritas ni de la estética a la que pertenecen. Creo que la buena música es profundamente atemporal y va mucho más allá de las modas.
Al mismo tiempo, es cierto que cada lenguaje nos invita a habitar el canto de una manera distinta. No se canta igual una obra de Palestrina que una música atravesada por ritmos de raíz afroamericana. Esas músicas, con toda su historia de mestizajes y sincretismos, nos conectan mucho más con el cuerpo, con el pulso, con otras formas de expresar la emoción.
Para el coro eso es muy enriquecedor, porque nos obliga a transformarnos constantemente, y para el público también, porque el concierto termina siendo un viaje por distintas maneras de escuchar, sentir y vivir la música.
Teniendo en cuenta que interpretan desde Palestrina y Bruckner hasta música contemporánea, ¿cómo hacen puertas adentro para trabajar la escucha y lograr que todas las voces suenen con sus particularidades?
El gran desafío es que usamos el mismo instrumento, la voz, pero cada obra necesita una sonoridad completamente distinta. No podemos cantar todo de la misma manera. Eso implica un trabajo técnico muy fino: cambiar el color vocal, habilitar otros resonadores, modificar la forma de administrar el aire, encontrar diferentes maneras de proyectar el sonido.
Pero hay algo muy hermoso que sucede dentro de un coro. Algunos coreutas ya manejan naturalmente esos recursos y otros los van incorporando casi por contagio. Existe una especie de efecto de «neuronas espejo»: uno canta mejor cuando canta al lado de alguien que canta bien. La escucha colectiva hace crecer a todo el grupo.
Y, además, hay algo que para mí es igual de importante que la técnica: la sensibilidad.
Muchas cuestiones técnicas se ordenan cuando aparece una emoción compartida o una imagen corporal que le da sentido al sonido que estamos buscando. Trabajamos mucho desde ahí, desde la corporalidad y la imaginación, porque en un coro de cantantes no profesionales esas herramientas potencian enormemente el resultado artístico.
Para alguien que tal vez no los conoce y se cruza con esta nota, ¿cómo le contarían qué va a pasar este 20 de septiembre en la Sala Lazaroff para convencerlo de venir a vivir esta experiencia coral?
Lo primero que diría es que la música en vivo siempre tiene una potencia que ninguna grabación puede reemplazar. Hay algo muy especial en estar presente mientras el sonido nace del cuerpo de otras personas y viaja directamente hasta uno. No es un parlante: son cincuenta seres humanos respirando juntos, construyendo un mismo sonido. Incluso sabemos que cuando un coro canta sincroniza su respiración y hasta sus ritmos cardíacos.
Y además de esa experiencia, creo que quien venga se va a encontrar con un repertorio realmente exquisito y poco habitual. Muchas de las obras que interpretamos fueron estrenadas en Uruguay por Ensamble Oikos y, por primera vez, vamos a presentar De la luz a la tierra como un recorrido completo. No pensamos este concierto como una colección de piezas corales, sino como una obra en sí misma, donde cada música dialoga con la siguiente y va construyendo un viaje. Muchas veces presentamos fragmentos de este repertorio en distintos conciertos; esta vez el público va a poder escucharlo desplegado en toda su dimensión.
También tiene algo de antesala. Es el último gran concierto antes de viajar a Cataluña para participar en Sing for Gold y ofrecer dos conciertos en Barcelona. Nos ilusiona mucho poder compartir este trabajo primero con nuestro público, acá, antes de llevarlo a otros escenarios.
Ojalá quienes nos acompañen puedan salir con la sensación de haber recorrido una aventura sonora: una hora de música que sorprenda, emocione, transporte y, sobre todo, invite a escuchar con otros oídos.
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