Una noche en casa: Julia Wels abrió su alma y las puertas de su casa en Sala Corchea  

Por Julieta Porra, Matilde Testorelli y Simona Bustelo // Fotografía: Julieta Porra.

Luego de tres años sin presentaciones en vivo, Julia Wels regresó a los escenarios con «Una noche en casa», un espectáculo donde la música convivió con una dedicada puesta en escena que transformó la Sala Corchea en un espacio íntimo.

Al ingresar a la sala, el escenario ya lograba anticipar el clima del recital. Una biblioteca llena de libros, discos y una radio, una lámpara de pie, un reloj y otros objetos cotidianos construían la imagen del living de la artista. Cada elemento contribuía a la sensación de estar entrando en una casa, más que en una simple sala de conciertos.

Julia abrió la noche sola en escena. A medida que avanzó el espectáculo, comenzaron a aparecer uno a uno los músicos que la acompañaron, como si llegaran de visita. El guitarrista Marcos Bautista estuvo presente durante gran parte del repertorio, más adelante se sumó el tecladista Guillermo Osorio y en  algunas canciones subió al escenario el violinista Camilo Gallardo. Cada músico amplió la sonoridad del concierto sin romper el clima de cercanía que se sostuvo durante toda la noche. En algunos momentos, Julia también recurrió a un megáfono, sumando un matiz rockero y más roto a la propuesta.

La escenografía no funcionó únicamente como decoración. También fue parte de la narrativa del recital. Las conversaciones entre quienes estaban sobre el escenario reforzaban la idea de un encuentro entre amigos y acompañaban la ficción de que ese living era, efectivamente, una casa acogedora.

Lejos de mantener una separación con quienes llenaban la sala, Julia interactuó constantemente con el público. Entre canciones compartió comentarios y pequeñas anécdotas y, en uno de los momentos de la noche, explicó que tenían los sobres que esperaban sobre cada una de las sillas al ingresar a la sala. En ellos había una hoja ilustrada con las paredes y el piso de una casa, junto a stickers con muebles y otros objetos para que el espectador pudiera diseñar su propio living. Un gesto sencillo que extendió la propuesta más allá de la música e invitó al público a participar activamente.

La puesta en escena dialogó de forma permanente con el desarrollo del espectáculo. La iluminación cálida, la disposición de los objetos y la incorporación gradual de los músicos hicieron que el recital conserve, de principio a fin, el clima de una reunión íntima.

Durante poco más de una hora, la Sala Corchea dejó de sentirse como una sala de conciertos para convertirse en un espacio de encuentro donde la música, la conversación y los pequeños detalles construyeron una experiencia compartida.

CARTELERA

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