Esa canción

Viajar con música en tiempos de cuarentena. Por Soledad Castro Lazaroff

Entreabre los ojos y se da cuenta de que soñó con música. Mientras retoma la conciencia, despacio, hace el esfuerzo de retener el recuerdo de la melodía, de reconocer, exactamente, de qué se trata. Ahí mismo, en la cama, agarra el celular, entra en Youtube, busca hasta que encuentra y pone esa canción. La escucha bajito varias veces y el sonido latoso la arropa como una sábana, mientras el sol del otoño se escurre por la persiana y entra, atrevido, a visitarla.

Al rato se levanta y la tararea en la cocina, cuando lava los platos de la noche anterior. Prepara el mate, prende la computadora y se sienta al escritorio para organizar las tareas del día. Está dispuesta a ser productiva, a no perder el tiempo. Pero no puede evitarlo: antes de abrir el mail, antes de leer ningún documento, vuelve a entrar en el buscador y escribe, casi de manera inconsciente, el nombre de la canción. Clickea, pone play. Ahora el tema suena en unos parlantes un poco mejores, esos potenciados que compró hace años y que todavía se la bancan bien de bien. 

Por supuesto que la música es una trampa. Al tercer compás, ella ya no está ahí, en su casa, bien dispuesta para hacer el trabajo pendiente. Los acordes rebotan contra las paredes y van armando un remolino que la envuelve para llevarla de viaje a otros tiempos, a otros espacios. No son lugares donde llega a aterrizar. Están velados por una neblina, como si los percibiera a través de un vidrio esmerilado. Ve colores que se entremezclan, siente el viento de una playa, se le aparece una mujer negra que pasa caminando y se contornea, sus caderas amplias y abundantes como el mar. Después, las risas de un hombre. El abrazo adentro del océano y las olas que se rompen contra las rodillas, mientras ella pasa su mano por el pelo mojado, fino, y también besa y siente el gusto de la sal.

La canción termina y trae un silencio un poco incómodo. El día se abre paso porque el reloj no espera. Solo tres minutos y medio más, piensa, después empiezo a trabajar. Tres minutitos no hacen ninguna diferencia. Y otra vez pone play pero se concentra solo en la percusión y en el bajo, en la manera como se siente el groove en esa base de cadencia única. Entonces vuelve a viajar, pero esta vez a los setenta, a una escena de cine donde una banda de jóvenes delincuentes camina por la calle. Esa primera imagen es el principio de un descenso vertiginoso por una corriente desencadenada de ideas que se enganchan unas con otras hasta que suenan los brass y solo hay un puerto, una especie de embarcadero en la noche, desde donde mira una barca de madera que, en pleno fade out, se va alejando y haciéndose más chiquita mientras rumbea hacia la luna llena.

Tiene un mensaje de Whatsapp, dos, tres, veinticinco. El mundo la reclama con su golpeteo constante de obligaciones, en un ritmo que no tiene divisiones perfectas ni acompaña armonías. Por un momento, se acuerda de John Cage, de sus partituras hechas de sonidos de calderas que hervían y radios que se prendían y se apagaban, o del silencio, que no era silencio, de un auditorio ansioso y expectante. Ese pensamiento le dibuja en la cara una sonrisa que, si alguien la estuviera viendo, interpretaría como irónica, o, tal vez, resignada. Abre los mails, empieza a responder, intenta concentrarse. Los sonidos del Samsung y de la Mac invaden su cabeza mientras los pulsos finales de la canción corren a esconderse debajo de la alfombra, o se alejan de su cuerpo hasta guardarse en un rincón lejano, dentro de la alacena o de la biblioteca.

Cuando llega la noche, está cansada. De los viajes que supo hacer en la mañana no queda nada, ni el más mínimo rastro. Aquello está borrado: es, literalmente, como si no hubiera sucedido, porque ella no lo recordará nunca más. Su cabeza está en su sitio, en el tibio presente de su casa: incluso en el encierro, con el trabajo a distancia, hoy le han pasado cosas importantes. Duda de sí misma, no sabe si lo que hizo está bien, si el esfuerzo fue suficiente. El escritorio luce repleto con los restos del día: los libros, las servilletas, la agenda, el termo, el mate, un plato con migas y un tarro de miel. Las cosas se le antojan banales, desangeladas, y el celular parece el único destino en el final de un día como este, como el tuyo y el suyo y todos los demás. Pero entonces, casi sin darse cuenta, mientras repasa, distraída, las páginas abiertas en el buscador, se encuentra a sí misma tarareando aquella melodía. Y así, aunque se reprocha por ser una obsesiva, por escuchar siempre lo mismo y no explorar cosas nuevas, tipea el nombre de la canción en el buscador y pone play.

Unos vecinos que caminan hacia el supermercado escuchan la música desde la calle y miran, de casualidad, para adentro de su ventana. Entonces la ven bailar en el living y se detienen unos segundos en su cuerpo, largo y anguloso, que gira sobre sí mismo. Uno de ellos se queda pensando de dónde conoce esa canción y empieza a viajar, ensimismado.

Foto: Andrei Lazarev