El fin de los géneros

Escribe: Laura Falero

Hace ya un tiempo que en mi cabeza resuena la idea utópica y reinventiva de que los géneros musicales deberían disolverse, o mutar hacia nuevas sonoridades, o mejor dicho, nuevos estados emocionales, como consecuencia de la apertura hacia una nueva sensibilidad que traen consigo los actuales movimientos culturales, sociales, naturales y por ende evolutivos.

Me crie en un hogar de músicos, donde se escuchaba jazz, sobre todo be bop, permanentemente, por lo que mi oído fue entrenado en la escucha de la improvisación de los instrumentos, los detalles, la precisión, la afinación y la perseverancia de un genero disidente, y hasta un tanto inentendible, y que, además había que atreverse a tocarlo y ser el mejor músico que se podía ser. Y digo músico, porque las mujeres instrumentistas fueron siempre pocas, muy pocas, poquísimas.

A su vez, mi herencia musical familiar, tiene raíces en el tango, la milonga y la música orquestada clásica, que luego en mi niñez se alimentó, de música sinfónica, música clásica, y bossa nova. Siempre con una base centrada en los instrumentos y muy poca en la canción cantada.  A no ser por el tango y alguna que otra canción latinoamericana. Por eso mi búsqueda se centró en el lugar de la palabra dentro de la melodía.

Como podrán imaginar, esta herencia sonora que me acompaña y que construye mi experiencia musical, ha sido de lo más exigente con las músicas que a lo largo de mi vida fui descubriendo. Sobre todo por venir de un mandato donde el estudio de la música, seguía siendo un terreno para virtuosos y talentos vagos.

Nada mas divertido que tomar un instrumento y jugar. Pero muchas veces la academia rígida del estudio de la música, o sea, la técnica, te arruina la espontaneidad, al punto tal que no hay espacio para lo lúdico y la libertad emocional, se achica a la búsqueda de un virtuosismo utópico que no existe. No caigan en esa.

Luego seguí ya en la adolescencia mi propia investigación musical que fue mutando por todos los géneros: rock, pop, punk, ska, soul, funk, blues, música alternativa, indie pop, disco, house, rap, ritmos latinos varios, boleros, cualquier música compuesta e interpretada por mujeres, y tantos más, que no los podría enumerar,  y quizás alguno no se podría ni categorizar, de hecho esa diversidad, fue lo que me produjo que entendiera cada vez más la experiencia musical, y que además, no había mucho lugar para las mujeres, aún.

Hoy en día hay una lista de más de 2500 géneros musicales, sobre todo en Spotify, y en varias plataformas internacionales, con experiencias sonoras nuevas, diferentes, que muchos parten de la experiencia musical propiamente dicha u otros son producto de movimientos sociales o culturales, como  el “nerdcore”, o como el “aggrotech” o “brazilian punk”, sumadas a todas las categorizaciones funcionales a una rutina diaria de algunas plataformas, donde la música para meditar, estudiar, relajarse, andar en bicicleta, para las mañana, para las tarde, para la hora del café, parecen transformarse en géneros musicales que a pesar de ser ambientaciones sonoras o generadoras de estados emocionales, se presentan como los nuevos géneros comerciales. Pero, ¿Para quién? ¿Para qué?

Entonces ¿Qué esta sucediendo con los géneros musicales? ¿Cuál es la mutación sonora que bendecirá nuestra realidad musical? ¿No será que los movimientos sociales más recientes como el feminismo, han también venido a modificar el sonido, a embellecerlo y a trasmutar algunos estados de profunda oscuridad como el death metal,o doon metal, a otros estados por que no, con otras oscuridades, pero bajo otras sensibilidades, que aún desconocemos y que estamos comenzando a transitar? ¿No será que ahora, comenzará a sonar la mitad del pueblo que falta?

Yo creo que si. Y eso modificara nuestra escucha musical colectiva.

La música también es el lenguaje de los pueblos, el otro lenguaje, el sonoro, el cantado, el que también narra, grita, se manifiesta, denuncia sana y calma. Y debe de mutar con los cambios de paradigma. De hecho si hacemos el ejercicio de visualizar todas las bandas que hemos escuchado a lo largo de nuestra vida, los ritmos, sonidos, y armonías, quizás nos llevemos la amarga sorpresa, que nuestros oídos como hispanoparlantes, están perversamente colonizados por culturas musicales anglosajonas, que se han impuestos con firmeza y que han tapado, y postergado la búsqueda sonora de la propia tierra que habitamos. Descolonizar nuestros oídos también es evolucionar nuestra lenguaje. Escuchar lo que suena acá, o cómo sonamos acá, cómo sonás vos.

Haciendo la salvedad del rap con más de cuarenta años, refiriéndome a manifestaciones musicales latinoamericanas, que se imponen hoy como un género que se destaca  por sus raíces disidentes, y que levanta en su voz toda la denuncia y empatía del espíritu de esta época, reflexiono si no vendrán tiempos, donde los oídos necesitemos menos ruido. Menos ruido sobre ruido, y más sutileza, más sonidos naturales que acompañen también esta mutación evolutiva que estamos viviendo. Un sonido que nos coloque en un nuevo lugar. Una música que eleve aún más nuestro estado de conciencia.

Quizás, estamos en tiempos de afinarnos y armonizarnos, para volver a sonar como un acto comunicativo y meditativo, como un mantra, como un trance, como lo que la música es, la creadora de sentido.

Quizás sea el fin de los géneros y el comienzo de una reconversión de la escucha activa, para dar paso a la nueva frecuencia.

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