Max Tejera: «Singularidad nace de conectar con el deseo más profundo y con ese niño que soñaba con todo esto»

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Desde las entrañas del circuito under montevideano hasta consolidarse como una de las figuras más vanguardistas del electropop regional en Buenos Aires, Max Tejera entiende la música como una fantasía teatral donde el cuerpo, la estética y la pista de baile convergen en un mismo lenguaje. Tras el recorrido de Intenso y las nominaciones a los Premios Graffiti por La comedia recién empieza, el cantante, compositor y productor uruguayo regresa con Singularidad, un tercer álbum de estudio moldeado por el hard techno, el psytrance, el juego sanador y la astronomía. En un diálogo honesto sobre las expectativas, la migración y la necesidad física de devorarse el escenario, el artista repasa la metamorfosis de su universo sonoro, su alter ego electrónico ZEKTRIØN y el valor de validar el arte desde el disfrute absoluto.

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Con Singularidad abrís una nueva etapa en tu discografía. ¿Cómo fue el proceso de gestación de este tercer álbum y qué diferencias conceptuales y sonoras sentís que marca respecto a tus proyectos anteriores?

Hubo un punto de partida muy claro al momento de empezar a trabajar en este disco: volver a sentir la música como la sentía cuando era niño, desde el juego y la diversión.

Durante todo el proceso de mi segundo disco, tanto en la etapa de producción como después del lanzamiento, me había puesto ciertas expectativas que nunca llegaron a cumplirse. En medio de muchos cambios que estaban sucediendo en mi vida, terminé decepcionándome mucho con el proyecto. Las expectativas eran tan grandes y fantasiosas que, al no alcanzarlas, tampoco podía ver los pequeños logros que sí estaban sucediendo. De hecho, fue con ese disco que recibí mi primera nominación a los Premios Graffiti. Mi decepción y mi enojo conmigo mismo por no poder disfrutar de lo que estaba haciendo fueron tan grandes que tuve que trabajarlos en terapia.

Durante meses, me enfoqué en esa premisa: volver a hacer música, pero esta vez desde el juego, desde ese recuerdo de mi niñez en el que no había nada más lindo que ir a clases de música o ponerme a cantar y bailar en casa.

Al reconectarme con ese niño que fui, empezaron a aparecer ideas más fantasiosas. Como tantos otros niños, yo quería ser astronauta. Esa fascinación nunca desapareció: toda la vida me interesaron la astronomía, el espacio, el tiempo y hasta la posibilidad de que exista vida más allá de nuestro planeta. Naturalmente, la música que estaba haciendo empezó a conectarse con esas cosas que tanto me interpelaban de chico.

Cuando quise darme cuenta, tenía un disco entero que me había conectado directamente con ese pequeño Max. Esta vez, sin otra expectativa que divertirme y ser feliz haciendo lo que más amo.

Mudar la base de tu proyecto a Buenos Aires es un hito importante en tu recorrido. ¿De qué manera influyó la experiencia de emigrar y habitar la noche y la escena bonaerense en tu forma de componer y producir?

Buenos Aires tiene muchísimas cosas para ofrecer, vengas del nicho que vengas, y yo encontré en esta ciudad algo que todavía no había logrado encontrar en Montevideo: pertenencia. El circuito under de Buenos Aires me recibió muy bien. Empecé a asistir a distintos eventos y fiestas, conocí artistas de muchísimos géneros y fui construyendo una red. Con los años, dejé de ser Max Tejera, el artista uruguayo que había llegado a la ciudad a «ver qué onda», y encontré un lugar donde me aceptaban y me hacían sentir parte. Empezaron las sesiones con colegas increíbles, como Galan y Matt Montero, y también comencé a producir para otrxs artistas. De cada encuentro y cada colaboración fui aprendiendo un montón.

Pero también está la noche, las fiestas y todo lo que el cuerpo vive y aprende cuando habita un lugar y conecta con él. Siempre me gustó mucho la música electrónica. En Uruguay escuchaba y bailaba lo que llegaba hasta allá: house, tech house y, quizás, algo de techno. En Buenos Aires fui descubriendo otros géneros y, con el tiempo, mi cuerpo empezó a reconocer cuáles disfrutaba de verdad y cuáles simplemente me hacían pasar el rato. Con mis amigues también fuimos viviendo ese descubrimiento juntes. De repente apareció el hard techno, el psytrance y otros géneros de BPM altos que nos volaron la cabeza. Fui absorbiendo todas esas experiencias y llevándolas a mi propio universo musical.

Singularidad es, en buena medida, el resultado de todo eso: de encontrar una pertenencia, descubrir nuevas formas de habitar la música y dejar que esas experiencias transformen mi manera de crear.

Tu propuesta combina electropop, techno e hyperpop con una puesta en escena muy teatral y visual. ¿Cuáles son esas referencias —musicales, estéticas o escénicas— que alimentan la construcción de tu universo artístico?

Mi respuesta se mantiene fiel a lo que vengo diciendo hace años: creo que mis grandes referentes son Dani Umpi, Miranda!, Britney Spears y Madonna. Son artistas que se comen el escenario, que entienden la canción y que saben lo que significa construir un show. Con Singularidad también dejé entrar la música que disfruto cuando salgo a bailar con mis amigues. Aparecieron referencias del hard techno, el psytrance y ese costado más intenso de la noche de Buenos Aires que, con los años, me fue seduciendo cada vez más.

Creo que el disco nace de ese cruce entre dos mundos que para mí siempre fueron importantes: el universo del pop, con su teatralidad y su capacidad de construir fantasías, y la experiencia física de la música electrónica, donde el cuerpo, el ritmo y el baile toman el protagonismo.

Desde el Teatro Solís hasta locales del circuito independiente regional, tus shows en vivo son verdaderos desplazamientos de energía. ¿De qué manera trabajás la puesta para traducir temáticas tan íntimas como el cuerpo, la inseguridad o el deseo a una pista de baile?

Cuando pienso en mi proyecto, pienso en dos grandes pilares que lo constituyen: la música y la performance. Para mí, no existe uno sin el otro. Vengo de muchos años de formación en lírico y teatro, así que la puesta en escena es parte de mi lenguaje. También crecí viendo recitales impresionantes de Britney Spears, Madonna y Chayanne: artistas que devoran el escenario, con grandes despliegues de bailarines y shows capaces de contar historias. Cuando hago música, siempre me pregunto cómo voy a llevarla al escenario. Ya sea en un escenario grande o en el bar más pequeño de Capital, tengo presente cómo quiero mostrar esas canciones en vivo.

En Singularidad, además, hay una relación muy directa entre el cuerpo y la música. Son canciones que hablan de la identidad, el deseo y las inseguridades, pero que también invitan a bailar. Me interesa que esas cosas puedan convivir: que alguien pueda reconocerse en una letra mientras baila y se deja llevar por la música.

Naturalmente, soy una persona con mucha energía y últimamente entendí que también tenía que aprender a canalizarla. Estoy entrenando mucho, voy al gimnasio y nado dos veces por semana. Preparo mi cuerpo para el escenario porque, para hacer el show que imagino, necesito un cuerpo fuerte y entrenado. La performance también es un trabajo físico, y quiero que mi cuerpo esté a la altura de lo que quiero transmitir.

A nivel de producción, ¿sos de escuchar tus propios discos una vez publicados para evaluar el camino recorrido, o preferís soltar las canciones y concentrarte en lo que viene?

Por lo general, cuando publico un proyecto, las canciones siguen acompañándome durante bastante tiempo, porque después del lanzamiento empieza otra etapa: llevarlas al escenario. En este momento todavía estoy definiendo las fechas de presentación en vivo de Singularidad, pero ya estoy pasando horas y horas en el estudio buscando cómo construir ese show. Quiero crear una propuesta que pueda trasladar el espíritu de la pista de baile y de la noche a un escenario. Por eso, naturalmente, sigo escuchando las canciones una y otra vez, pero esta vez desde otro lugar: pensando cómo transformarlas en una experiencia en vivo.

Al mismo tiempo, ya estoy trabajando en nuevas propuestas con diferentes artistas y hay música nueva que empieza a tomar forma.

Además, este año publiqué un EP de cuatro tracks de hard techno («The Four») bajo el pseudónimo ZEKTRIØN, un proyecto que funciona en paralelo a mi carrera como Max Tejera. Estoy haciendo mucha música para ese lado B que va a salir próximamente. Me gusta poder explorar distintas facetas sin sentir que todas tienen que convivir dentro de un mismo proyecto. Cada una me permite investigar otras cosas y mantener vivo el deseo de crear.

Para cerrar, si tuvieras que elegir una canción de Singularidad que condense de forma cabal la identidad y la metamorfosis de Max Tejera al día de hoy, ¿cuál sería y por qué?

Elegiría «Mi Popstar Fantasy». Habla de quién soy hoy, de quién elijo ser y de cómo vivo mi carrera como artista. Ya no necesito la aprobación de mis pares ni de un público para sentirme validado. Necesito poder jugar, conectar con mi deseo más profundo y con ese niño interior que alguna vez soñó con todo esto. Para mí, la canción habla de permitirme disfrutar de la fantasía que construyo día a día, sin esperar a que alguien más me diga que está bien hacerlo. Creo que esa es una de las transformaciones más importantes que viví y que atraviesa todo el disco: entender que puedo tomarme mi música en serio sin dejar de jugar, y que puedo desear cosas enormes sin perder la capacidad de disfrutar el camino.

CARTELERA

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