Goro Gocher y «Electropop Charrúa»: El archivo digital que rescata la memoria y los discos olvidados del pop electrónico latinoamericano.
Nacido como un puente inesperado a partir de su próximo álbum, el proyecto de Goro Gocher se transformó rápidamente en un refugio de culto para melómanos y coleccionistas. Charlamos con el músico sobre cómo surgió la idea de documentar un género largamente subestimado, la reivindicación del CD frente al streaming masivo, y el pulso de una escena regional que hoy encuentra nueva vida entre clásicos y exponentes actuales.
La idea del proyecto «Electropop Charrúa» nace a partir de una canción de tu próximo álbum, pero derivó en la necesidad de empezar a llenar un vacío de archivo sobre el electropop latinoamericano. ¿Cómo fue el proceso de creación de ese single y qué te llevó a notar ese hueco y querer documentarlo?
Electropop Charrúa es un término que en realidad me acompaña desde hace muchos años. Me lo puso Dani Umpi, mi pareja, mucho antes de que fuéramos pareja, en una nota que me hizo sobre mi proyecto Goro Gocher.
Me definió de esa manera y yo me quedé con esa etiqueta durante años, incluso la usaba en mis redes, pero nunca había hecho realmente nada con ella.
Cuando empecé a trabajar en este nuevo disco sentí que era el momento de convertir ese concepto en una canción. Quería hacer un tema sobre la música que reivindico, que es el electropop, pero que al mismo tiempo tuviera una identidad muy uruguaya, muy charrúa y rioplatense. Nació de mis ganas de reivindicar nuestra cultura y pensar cómo podía sonar un electropop hecho desde Uruguay.
Junto a Santi Telles, de Espectro Producciones, empezamos a buscar ese sonido y terminamos mezclando elementos que forman parte de mi identidad: guitarras eléctricas, pop, rock, tambores y algo del candombe. Después filmé el videoclip en Melo, mi ciudad natal, junto a mi sobrina, así que también hubo una intención de llevar esa identidad a las imágenes.
A partir de la canción empecé a pensar qué más podía hacer con el concepto de Electropop Charrúa. Con Dani compartimos una colección de CDs que fuimos unificando con los años y cada vez que mostraba algo de esa colección en redes me sorprendía la cantidad de gente que preguntaba qué discos teníamos o quería ver más. Ahí empecé a sentir que había algo para contar.
El 1.o de mayo estaba en casa y decidí empezar. Abrí una cuenta separada de mi perfil como músico porque quería que tuviera identidad propia y publiqué el primer contenido. Al principio fui probando: reseñas de CDs, algún cover en español, distintas maneras de hablar de música. De a poco fui entendiendo qué quería que fuera la página.
Y algo que para mí es importante aclarar es que Electropop Charrúa no significa que todos los discos que reseño sean estrictamente electropop. El nombre viene de mi identidad, de mi canción y de aquel concepto que Dani había usado para definirme tantos años atrás. La curaduría es mucho más amplia, aunque tengo un interés especial por rescatar música de Uruguay y Argentina y por construir, desde mi lugar, un archivo de la música popular y electrónica del Río de la Plata.
La rápida repercusión que tuvo el proyecto en redes sociales demuestra que hay una generación entera que se siente identificada con esa música. ¿Qué pensás sobre la validación del electropop de los dos mil en comparación con la actualidad? ¿Sentís que en su momento era un género más subestimado de lo que es hoy?
Sin duda. Creo que el electropop en los 2000 fue un género muchísimo más subestimado de lo que es hoy. Al menos desde mi experiencia en Uruguay, era una época bastante más cerrada, donde determinadas propuestas que se salían de lo establecido eran muy fáciles de ridiculizar o directamente de marginar.
Basta mirar lo que significaron artistas como Dani Umpi en Uruguay o Miranda! en Argentina. Tuvieron que abrir un camino que hoy parece mucho más natural, pero que en aquel momento no lo era en absoluto. Muchas veces esas propuestas terminaban compartiendo escenarios pensados para bandas de rock, frente a públicos que no necesariamente estaban preparados para entenderlas. Fueron artistas que insistieron durante años hasta construir su propio espacio.
También pienso en María Daniela y su Sonido Lasser y en toda una generación de artistas de los 2000 que, con diferentes estéticas, ayudaron a legitimar una manera de hacer pop que durante mucho tiempo fue mirada por encima del hombro. Y yo me incluyo entre quienes pudieron hacer música después gracias a ese camino que otros abrieron antes. En Uruguay, particularmente, creo que sería muy difícil entender muchas de las propuestas que aparecieron después sin reconocer la importancia que tuvo Dani Umpi dentro de nuestra escena.
Lo hermoso es ver lo que sucede hoy: muchas cosas que en aquel momento podían generar burlas, rechazo o incomprensión ahora se celebran, se revisitan y hasta generan nostalgia. Hay una generación que vuelve a esos discos y comprende que allí había algo mucho más importante de lo que quizás se reconoció en su momento.
Y también siento que hoy existe una libertad mucho mayor. Hay artistas nuevos que pueden hablar de amor, de desamor, jugar con los géneros musicales, con la estética y con su propia identidad con una apertura que en los 2000 era mucho más difícil encontrar. Para mí, el electropop pasó de ser un género al que era fácil marginar o burlarse a ocupar un lugar legítimo dentro de nuestra cultura pop.
Por eso también me interesa revisitar esos discos desde Electropop Charrúa: no solamente por nostalgia, sino porque reivindicarlos es también reconocer a quienes se animaron a hacer algo diferente cuando hacerlo era mucho más difícil que hoy.
En plena era del streaming y el consumo digital, tu proyecto le da un lugar central al CD, reivindicándolo como el último gran formato físico antes de la transición digital. ¿Qué encontrás de irremplazable en esos objetos y por qué elegís resaltar su valor?
Mi vínculo con el CD tiene mucho que ver con mi propia historia y con la generación a la que pertenezco. Mucha gente me pregunta por qué no colecciono vinilos. Me encantan, pero la realidad es que yo no viví la época del vinilo en carne propia. Mi infancia fue otra: crecí en los 90 grabando canciones de la radio en casettes y tratando de que el locutor no hablara arriba del tema que quería grabar.
Recuerdo perfectamente cuando el CD empezó a formar parte de mi vida. Una tía mía, Yininia, ya fallecida, tenía uno de esos equipos con bandeja para tres CDs y para mí era una cosa increíble. Yo todavía tenía básicamente casetes y podía pasarme tardes enteras en su casa escuchando sus CDs.
Entonces hay algo profundamente afectivo en mi relación con ese formato. Para mí, además, el CD representa un momento fascinante en la historia de la música: es ese gran puente entre el mundo físico que conocíamos y la música digital que vino después. Seguíamos teniendo un objeto entre las manos, pero adentro ya había música almacenada digitalmente. Y alrededor de ese objeto había todo un ritual: abrirlo por primera vez, sacar el librito, leer las letras, mirar quién produjo cada canción, descubrir los músicos, las fotos, el diseño, los agradecimientos. Hasta el olor de un CD nuevo forma parte de mis recuerdos y me sigue maravillando. Todo eso construía una relación con un disco que hoy una plataforma de streaming difícilmente puede reproducir.
También me interesa que el CD sigue siendo un formato bastante democrático para coleccionar. Amo los vinilos, pero hoy implican otro presupuesto. En cambio, todavía podés ir a Tristán Narvaja y encontrarte por muy poca plata con un disco increíble que quizás llevaba veinte años esperando que alguien volviera a prestarle atención. Para mí hay algo hermoso en ese rescate.
Creo que también cambió nuestra relación con la música. No necesariamente diría que las generaciones actuales la valoran menos, pero sí que nosotros teníamos que hacer un esfuerzo mucho mayor para acceder a ella. Había que esperar una canción en la radio, grabarla, conseguir que alguien te prestara un disco, ahorrar para comprarlo. Más adelante, en mi adolescencia, apareció incluso el ritual de ir al ciber a buscar y bajar canciones. Cada etapa implicaba una búsqueda.
Hoy tenemos prácticamente toda la historia de la música disponible en segundos, y eso es maravilloso, pero también hace que muchas veces todo pase muy rápido. Por eso me interesa volver al CD: me obliga a detenerme frente a un disco, mirarlo, investigarlo y escucharlo como una obra completa.
Y creo que ahí está una parte fundamental de Electropop Charrúa. No quiero solamente hablar de canciones: quiero volver a mirar esos objetos, abrir sus libritos, leer sus créditos y recuperar las historias que quedaron guardadas ahí. Porque un CD también contiene una época, una estética y, para muchos de nosotros, una parte de nuestra propia memoria.
https://www.instagram.com/electropopcharrua
En vista de que el espacio se gestó como una rama de tu próximo disco pero terminó tomando vida propia, ¿cómo siguen dialogando estos dos proyectos, o ya tomaron caminos separados?
Creo que nacieron del mismo lugar, pero hoy son dos proyectos independientes. Electropop Charrúa nació a partir de una canción de mi próximo disco y comparte con el álbum una misma forma de entender la música, pero rápidamente empezó a construir su propia identidad y, sobre todo, su propia comunidad.
Mi disco sigue avanzando y la idea es publicarlo antes de fin de año. Lo estoy trabajando principalmente junto a Santi Telles, de Espectro Producciones, y hay también una canción producida por Facundo Grunullú Martínez, que tocó conmigo el año pasado. Va a ser un disco esencialmente electrónico y muy pop, aunque no quiero encasillarlo en un único género. Me interesa que convivan distintas sonoridades dentro de un mismo universo, y el concepto de Electropop Charrúa va a estar presente.
Lo que nunca imaginé fue la repercusión que iba a tener la página por sí sola. Empecé simplemente mostrando y hablando de discos que me gustan y, de repente, los propios artistas comenzaron a aparecer. Artistas como Fey comentaron sus reseñas; Bandana, Leo García y otros aceptaron las colaboraciones y compartieron los videos en sus propios perfiles. Muchos me escribieron, comentaron o agradecieron que volviera a poner esos discos en circulación. Para alguien que creció escuchando mucha de esa música, son situaciones que todavía me sorprenden.
También me permitió conocer coleccionistas y fanáticos de la música de Uruguay, Argentina, México y otros lugares. Se fue armando un espacio de intercambio donde aparecen discos, canciones, artistas y personas nuevas todo el tiempo. Eso ya tiene para mí un valor completamente independiente de mi carrera como músico.
Por supuesto que los dos mundos se van a tocar cada tanto. Puedo compartir algo de mi música cuando tenga sentido o encontrar conexiones entre un disco que estoy reseñando y mi propio trabajo, pero no quiero que Electropop Charrúa sea simplemente una herramienta para promocionar a Goro Gocher.
Quiero que tenga su propia vida.
Me gusta pensar que nacieron juntos y siguen viajando en paralelo: cada uno tiene su propio camino, pero cada tanto se encuentran.
https://www.instagram.com/gorogocher
Mirando el panorama actual del electropop en la región —donde además de rescatar clásicos te has enfocado en artistas uruguayos como Eros White o Gia Love, y cruzado el charco hay propuestas como las de Matt Montero, Marte Lupardo o Max Tejera—, ¿cómo ves la escena en la actualidad?
Veo la escena muy bien. Sobre todo veo mucha más libertad: artistas animándose a hacer lo que quieren, mezclando géneros y estéticas sin tener que preocuparse tanto por dónde encajan. Y creo que eso conecta bastante con lo que hablábamos antes: el electropop hoy ocupa un lugar mucho más legítimo que hace veinte años.
Algo que me confirmó que existe una comunidad muy abierta fue la respuesta que tuvo Electropop Charrúa. Me sorprendió muchísimo que tantos artistas aceptaran participar o compartir las reseñas sin conocerme personalmente.
Peter Pank, Wendy Sulca, Boom Boom Kid, Daniela Herrero, Samantha Navarro, Gia Love, La Prohibida y muchos otros se acercaron de distintas maneras. Algunos compartieron las publicaciones, otros escribieron o comentaron, y también pude conversar con artistas y personas que formaron parte de distintas etapas de esta historia. Para mí fue una demostración de que existe un interés genuino por recuperar esos discos y volver a ponerlos en circulación.
Una situación que resume bastante bien lo que empezó a pasar fue la reseña de Noche, de Bandana. CA7RIEL apareció comentando el reel y haciendo una observación divertida sobre las pelucas de aquella época. Las propias Bandana le respondieron ahí mismo y terminaron invitándolo a hacer algo juntos. Me pareció increíble que dentro de una publicación dedicada a rescatar un CD de hace más de veinte años se produjera espontáneamente un diálogo entre artistas de generaciones diferentes. Ese tipo de cruces es una de las cosas más lindas que empezó a generar la página.
Y si miro específicamente al Río de la Plata, también siento que hay mucho movimiento. Yo he ido a tocar a Buenos Aires y al mismo tiempo, veo artistas argentinos viniendo a Uruguay y proyectos de ambos lados conectándose cada vez más. Los dos países atraviesan momentos complejos, pero la música sigue generando puentes. Me interesa mucho pensar la escena no solamente como uruguaya o argentina, sino como una escena rioplatense, con artistas circulando, colaborando y alimentándose mutuamente.
Obviamente queda muchísimo camino por recorrer y vivimos un contexto social y político donde también reaparecen discursos más conservadores.
Pero, aun así, siento que en la música existe hoy un espacio de libertad que hace veinte años era mucho más difícil conquistar. Veo una escena diversa, inquieta y con ganas de hacer cosas. Y, sobre todo, veo menos miedo a hacer pop. Eso para mí es una gran noticia.
Para quienes lean esta nota y quieran iniciarse en el género, ¿qué artistas recomendarías como pilares indiscutibles, ya sea entre los pioneros o entre las propuestas que hoy están manteniendo el electropop más vivo que nunca?
Yo empezaría por decirles que escuchen al artista que más les resuene y que no tengan demasiados prejuicios a la hora de entrar al género. Para mí es imposible hablar de electropop rioplatense sin pasar por Dani Umpi y Miranda!, que son dos pilares fundamentales y abrieron caminos enormes desde Uruguay y Argentina. Si nos vamos a México, María Daniela y su Sonido Lasser me parece indispensable. Y también reivindico muchísimo a Natalia Oreiro: quizás no toda su discografía pueda definirse estrictamente como electropop, pero tiene discos y canciones que forman parte de la construcción de nuestro imaginario pop rioplatense.
Después hay un universo enorme para descubrir. Desde propuestas como Leo García, Entre Ríos, Adicta o Miranda! en Argentina, hasta artistas que llevaron el pop electrónico hacia lugares más alternativos, experimentales o directamente inclasificables. Y en Uruguay hay una historia y una escena que merece seguir siendo investigada, porque muchas veces nuestros propios artistas no tuvieron el archivo o la documentación que sí tuvieron escenas de otros países.
Pero más que dar una lista definitiva, les diría que se animen a escuchar de todo. Una de las cosas que más me gustan del electropop es que nunca necesitó sonar perfecto ni responder a una única fórmula. Puede ser sofisticado o casero, romántico o absurdo, bailable o melancólico, masivo o completamente under.
Para mí, lo importante es que tenga una identidad. El electropop no tiene que sonar perfecto: tiene que sonar auténtico. Y quizás esa sea también la filosofía de Electropop Charrúa: escuchar sin prejuicios, encontrar esos discos que te dicen algo y seguir tirando del hilo. Porque siempre aparece una canción, un artista o un disco que no conocías y que termina abriéndote la puerta a otro mundo.



