Por La Pocha Pereyra // Fotografía: Ambar Maldonado.

El lunes 16 de marzo no fue un lunes cualquiera, fue diferente. Faltaba poco para las 17 horas y empezaban a suceder cosas en la tarde montevideana. En la sede de Cooparte Uruguay, en la Sala Corchea, un grupo numeroso de artistas se reúne para una foto. Podría ser una imagen más, pero no lo es. Es en realidad un momento de escena.

Son músicos elegidos por su presente, por su crecimiento y por lo que empiezan a proyectar fuera de fronteras. No es una convocatoria azarosa: es un recorte posible de algo que está pasando. No están ahí por casualidad. Todos de alguna manera, se vienen destacando dentro de la escena musical uruguaya, por sus shows, por sus lanzamientos, por su circulación, por su identidad artística o por la conexión que logran con el público. Trayectorias distintas, velocidades distintas, caminos propios. Pero una misma señal: están pasando cosas con ellos.


La escena uruguaya atraviesa un momento de expansión silenciosa pero constante. Hay artistas girando por la región, otros consolidando público en salas pequeñas, muchos produciendo, grabando y generando contenido de forma sostenida. No hay un único camino, pero sí una certeza compartida: la música se mueve. La foto también funciona como un mapa de esa diversidad. Ahí conviven el candombe, el hip hop, la música electrónica, el metal, el rock, la cumbia, el tango, el folclore, las baladas, la música indie, la canción ciudadana y más. No como compartimentos estancos, sino como un ecosistema en movimiento, donde los cruces son cada vez más frecuentes y las etiquetas, cada vez más flexibles.

Uruguay, históricamente, ha sido un país de creadores. Y la música ocupa un lugar central en esa identidad. Más de cinco millones de entradas se venden cada año para espectáculos en vivo. El dato no es menor, hay público, hay hábito y hay cultura de asistir. En los últimos tiempos, además, se amplió la base. A la generación joven que impulsó la escena durante años se suman hoy públicos más adultos, que lejos de retirarse siguen ocupando salas y festivales.

La música dejó de ser una etapa: es parte de la vida. Los Premios Graffiti reflejan ese crecimiento: cada edición suma más inscripciones, más discos, más proyectos. La producción local no se detiene. En paralelo, el Fondo Nacional de Música (FONAM) sostiene una parte clave del ecosistema, apoyando iniciativas vinculadas a la creación, circulación y formación. Pero el desarrollo no está exento de tensiones. La convivencia entre lo público y lo privado sigue siendo un punto delicado. Los espectáculos gratuitos amplían el acceso, pero también impactan en un sector independiente que necesita de la venta de entradas para sostenerse. En ese equilibrio inestable, la pregunta persiste: ¿se puede vivir de la música en Uruguay? La respuesta es sí, pero con matices. Es un camino largo, exigente, donde la constancia pesa más que el talento y la frustración forma parte del proceso.

La foto de este lunes, en definitiva, no es solo una foto. Es la síntesis de un momento de escena, una escena que se mueve, crece y se diversifica. Donde muchos ya se están destacando y donde otros están a punto de hacerlo. Lo que viene, festivales, discos, giras, no es promesa. Es consecuencia.

Esta es la primera columna de muchas que vendrán, siguiendo de cerca lo que estos artistas van a construir a lo largo de este 2026.